8 de marzo. Ya basta.

8 de marzo. Otra vez. Mi entrada del año pasado también empezaba así. Pero es la verdad, todos los años hay un 8 de marzo, que vuelve sin que nadie pueda pararlo. Y parece que el mundo se tiñe hoy de morado, parece que han entendido que ese es nuestro color y han dejado de usar el rosa para identificarnos.

Y menudo color, amigas. He intentado buscar de dónde viene esa identificacion de color y causa y no he encontrado una explicación clara. Se dice que las mujeres que murieron quemadas en aquella fabrica textil en Nueva York el marzo de 1911 trabajaban con telas moradas, también se cuenta que el humo que salía de dicho incendio que incendió el mundo era morado o que las sufragistas inglesas usaban este color cuando marchaban por las calles luchando por sus derechos… Pienso que quizá todo tuviera que ver, y también que Alice Walker tuviera algo que aportar cuando hablaba de womanism (mujerismo) y decía aquello de “Womanism is to feminism as purple to lavender”. Esta señora se hizo famosa con un libro titulado El Color Púrpura, ahí lo dejo como dato. Sea como fuere, el morado, violeta, púrpura o como queráis llamarlo es nuestro. Pero cuidado con usarlo a la ligera, que no es oro todo lo que reluce ni feminista todo lo morado – y esto va dirigido a todas esa personas, empresas o incluso clubes de fútbol que hoy hinchan el pecho y gritan lo mucho que nos apoyan con sus fotos moradas y luego permiten que agresores que se sabe que lo son sigan entre ellos (ya no os cuento cuando hay una afición amparada por los clubes que los animan para que sigan metiendo goles – y hostias).

Los que me conocéis sabéis que el feminismo en un tema que me mueve, por el que lucho, del que me encanta hablar y por el que discuto bastante con la gente. Es algo que me tomo muy en serio en mi dia a día, porque no hay nada que me reviente más que ver cómo se nos trata como inferiores. Pero aún me molesta más la gente que va de guay y de feminista “porque es lo que se lleva”  o que se auntoconvence de serlo pero sigue con su mentalidad abiertamente machista. Porque la hipocresía con este tema me mata la vida. ¿De qué sirve decir, por ejemplo, que eres ateo si después vas a misa y comulgas? Coherencia, por favor. Este tema es lo suficientemente serio como para no tomárselo a la ligera.

El año pasado hice referencia a Neruda y a lo poco de acuerdo que estaba con aquello de “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”. Luego me dijeron que él mismo había admitido en sus memorias que había violado a una mujer. Después me dio por buscarlo y leerlo por mí misma. Y después me di cuenta de lo injusta que era la vida y lo bien que se nos da emcumbrar a hombres, sean de la rama artística que sea, y que su reputación siga intacta incluso después de saber este tipo de cosas. Luego se destapó el caso Weinstein y recuperé algo de esperanza en la humanidad al ver la cantidad de mujeres que se unían y cómo el mundo denunciaba a un hombre todopoderoso. Después vino Woody Allen, director “de culto” que sigue ahí con su magnifico historial de conocidas agresiones y casos de acoso. Mi pregunta es: ¿Qué es lo que determina que unos hombres sean denunciados y otros no? ¿Por qué algunos casos estallan y otros se ignoran completamente? ¿Cuál es el factor que determina en qué casos se debe hacer algo y cuáles no?

Estoy harta de ver a diario como se nos trata diferente, se nos cuestiona y se nos relega a un segundo plano. Harta de ver a chavales cada vez más jóvenes que se dedican a controlar a sus novias bajo la excusa de preocuparse por ellas. Harta de ver todos los días en los medios a hombres que se creen con derecho a matarnos, a abusar de nosotras, a secuestrarnos, a violarnos, a amenarzarnos o a contarnos lo bonito de las relaciones tóxicas, los celos y el “tú eres mía”. Harta de ver cómo sigue habiendo mujeres que no quieren ver lo que pasa a su alrededor y siguen viendo el feminismo como la peor de las amenazas. Harta de ver la falta de sororidad entre nosotras y la escasez de empatía. Harta de escuchar a hombres cantando canciones reggaetoneras con letras denigrantes sin que pase nada y de ver cómo se tacha de guarras a las que cantan lo que quieren. Harta de jueces que siguen preguntándose qué hacía una chica a esas horas por la calle y de juezas que no impiden que un padre agresor siga viendo a sus hijos, así como de los hombres con poder de decisión que se escudan detrás de un lazo morado en la solapa para después ignorar la brecha salarial y la desigualdad en la calle. Pero no nos metamos en eso, que son otros temas.

Adentrándome en mi terreno, el de las letras y la literatura, estoy harta de ver cómo la etiqueta de “las tías sois más de letras” sigue presente en las universidades y en las calles, y sin embargo sólo una mínima parte de lo que estudiamos son mujeres autoras. Por eso le doy las gracias a esa asignatura – a ese oasis – de Estudios de Género por dedicarse íntegramente a nuestra literatura, nuestros temas, nuestra realidad a través de las diferentes etapas del feminismo. Porque esto no es una corriente actual, ni empezó en los 60 o ni siquiera en los tiempos de las sufragistas. Esto viene de más atrás y más de 200 años después sigue siendo un moviemiento en pie y que dista mucho de ser finalizado. Porque las mujeres siguen teniendo más trabas a la hora de dedicarse a escribir, ya no hablemos de publicar. Y tampoco nos metamos en el mundo de la Lingüística, donde se habla de aún menos mujeres. Así que señoros de las Academias de la Lengua, jurados de los premios literarios, editores y editoriales, tenednos más en cuenta, porque estamos ahí. Que se ve que si te dedicas a las letras puedes ser profesora… y ya.

En este ultimo año, he aprendido más que nunca sobre feminismo, me he informado mucho más, he leído sobre ello, desde sus orígenes hasta ahora, diferentes teorías y visiones sobre el tema. Y ha sido el año en el que he encontrado por fin la graduación correcta para mis gafas violetas. Cuando leo eso de que el feminismo te arruina la vida, no puedo hacer otra que reírme y estar de acuerdo con ello. Una vez que te pones las gafas violetas, la vida cambia y te das cuenta del mundo en el que vives. De repente, tus series y películas favoritas te chirrían, los libros que solían encantarte dejan de hacerlo, te paseas por las redes sociales, lees los periódicos y ves el telediario desde otra perspectiva. Sabes que ya no hay vuelta atrás cuando empiezas a detectar actitudes machistas en cosas donde antes no las veías. Ejemplo claro: ir a un restaurante, que mi novio pida una ensalada y una coca-cola refresco de cola zero y yo una pizza y una coca-cola refresco de cola normal. Adivinad a quién miran primero cuando traen la ensalada y la bebida sin azúcar. Ajá. Muchas veces lo tengo que aclarar con un “para él” y me dan ganas de gritarle al camarero: “Sí, esa pizza que traes es para mí, enterita.”  Una vez que te das cuenta de cosas así, sabes que ya no tienes remedio. Pero ojo, que yo a veces me sorprendo diciendo unas burradas que me dan ganas de ponerme cinta americana en la boca y no volver a hablar.  Vivimos en una sociedad machista, hemos sido educados en ella y la llevamos más interiorizada de lo que creemos. Aún sigo trabajando en ello.

Amigas, ya va siendo hora de que dejemos de pisarnos entre nosotras, de que dejemos de juzgarnos por cuáles son nuestras tallas de pantalón, por lo grande que sea nuestro escote, por la estatura que tengamos o la cantidad y género de las personas con las que nos acostamos. Querer ser madre o no querer serlo no es ser menos mujer, así como que no te gusten los tacones, los vestidos, el maquillaje, las bodas o las barbies. Si no nos respetamos entre nosotras, no llegaremos a ninguna parte. Ya basta.

Absténganse hoy – y siempre – los que van por la vida con eso de “no todos los hombres somos iguales, no todos pegamos ni somos maltratadores”. No esperéis que os demos un aplauso y un pin por ello, porque lo que hacéis es lo normal, lo que se espera de vosotros. Hombres, empezad a colaborar o seguid apoyándonos si ya lo hacíais. Os necesitamos para que esto salga adelante, también lo hacemos por vosotros.

Felicitarnos hoy sería como hacerlo el día de nuestro cumpleaños: sería decirnos que sólo un día al año es para nosotras. Así que feliz no-cumpleaños, porque todos los días son nuestros. Feliz vida a todas. Seguid gritando, saliendo a las calles, demostrando que no somos una mitad silenciosa y que queremos y podemos cambiar el mundo.

Porque seremos el grito de las que ya no tienen voz. Y la revolución será feminista o no será.

 

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