The German Chronicles: Alemania me sorprende

Con esta entrada comienza una sección en el blog que he decidido llamar The German Chronicles, una serie de posts con los que voy a fundiros a detalles sobre mis mini vacaciones de este febrero en Alemania. Y no, no me voy a sentir culpable de ser tan pesada. 

Empecemos por decir que, hasta hace poco más de unos meses, Alemania me producía algo cercano a la indiferencia. Me explico: era un país que estaba ahí, todos los días en el telediario (por los españolitos que emigran allí, la amiga Merkel o el fútbol), y que no me llamaba la atención lo suficiente para estar en mi lista de prioridades viajeras. Gracias a una de esas conversaciones míticas y un comentario dicho a lo loco, al final me lancé junto a dos amigas a pasar 5 días allí, en Colonia. Hace menos de una semana que volví y, desde entonces, vivo con una especie de depresión post-vacacional importante.

El ambiente allí es diferente, y no sólo me refiero al frío, que es a la vez similar y diferente al de aquí. Es la gente, la forma de vida, la actitud y la ciudad en sí. Lo primero que me llamó la atención fue lo bien que conducen allí: que sí, que casi todos se pasan el límite de velocidad por donde quieren, pero son tan organizados y respetan una distancia de seguridad tan grande incluso en atascos que me dejó alucinada. Relacionado con el tráfico, y ya en zona urbana, los conductores no molestan – aparte de que son bastantes menos de lo que me imaginaba -, no te meten prisa para que cruces un paso de peatones y no suena un claxon en ninguna parte. ¿Y por qué apenas hay coches? Porque allí la bici es el medio de transporte por excelencia para moverse por las calles. Bicis en todas partes y gente de todas las edades con ellas; para ir a comprar, al trabajo o al colegio, da igual. Una red increíble de carril-bici recorre tanto Colonia como Bonn, las dos ciudades que visité, y cruzar la línea continua que lo separa de la parte peatonal de la acera puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Es básicamente como andar por la calzada propiamente dicha, riesgo de atropello inminente. Entre las bicis y el tranvía y sus cables que cubren la ciudad, no hace falta coger el coche para nada, sin mencionar las zonas peatonales. Tráfico: Sobresaliente. Por poner alguna pega, el precio del transporte público: 7,80 € cada trayecto Colonia-Bonn, porque no podía ser todo perfecto y barato.

No pude dejar de fijarme en las calles limpias, sin rastro de papeles, envoltorios de chicles o cualquier otra cosa, aún habiendo lo que me parecieron pocas papeleras; en lo curioso de la enorme cantidad de estancos y tiendas que vendían tabaco y los pocos fumadores que encontré por la calle o en que había que pagar casi todos los baños públicos en cualquier lugar (pero qué baños, pagaría una y mil veces).

Me flipó la educación y la actitud de la gente, amable y dispuesta a ayudar y explicarte las cosas tantas veces como haga falta si les preguntas. La gente allí es tan… legal: muchas tiendas no tenían arcos de seguridad, los propios guardias no te persiguen para ver si robas algo, no hay que pasar los billetes del transporte público por ninguna máquina para entrar, es tan fácil no pagar si no quieres (ojo, que uno de lo únicos carteles que vi en español fue el de las multas por no pagar en el tren, se ve que tenemos fama…). Allí, apenas hay unas cuantas bicis atadas, saben que nadie va a robarlas aunque estén ahí, a la vista. ¿Y la atención al cliente? Otro 10.

Me encantó la multiculturalidad que se respira por las calles. No me malinterpretes, ya sé que aquí también convive gente de muchos y muy diferentes orígenes, pero allí me dio la sensación de que estaba mejor integrado todo, no sé. Llevar un aspecto diferente en cuanto a la forma de vestir o peinarse no supone llevarse miradas raras por la calle, no cierran puertas al empleo por llevar el pelo azul y piercings y tatuajes, y se respetan las diferentes opciones de la gente a a hora de comer en muchísimos sitios – y hablo, por ejemplo, de menús vegetarianos en McDonald’s, algo que jamás había visto. Y no, no eran ensaladas.

Lo admito, uno de mis grandes miedos al irme era la barrera del idioma, en el fondo tenía pánico a que no me entendieran. Al ejercer allí de traductora oficial para mis amigas, me di cuenta de que prácticamente todo el mundo hablaba inglés, si bien no de forma perfecta, al menos lo suficiente para defenderse. Y no sólo en las zonas más turísticas, tiendas o restaurantes, la gente por la calle te respondía en inglés si les preguntabas por una dirección o cualquier otra cosa, y no sólo era la gente joven. Desde aquí mando un saludo a aquella señora mayor tan simpática que nos vio tan perdidas con un mapa el primer día que se acercó a ayudarnos con su chapurreo en inglés, suficiente para que diéramos con Rudolfplatz. Gracias eternas.

Supongo que se me irán ocurriendo más cosas y las iréis conociendo según vaya escribiendo más sobre mi pequeña aventura. Sólo sé que, si pudiera adaptarme al hecho de que a las 8 de la tarde apenas haya sitios abiertos para cenar, me quedaría allí a vivir. No, no intentes engañarte a ti misma, Nerea, sabes que pensaste más de una vez cómo sería vivir allí, y no lo descartas como posible destino algún día.

Me sorprendiste mucho, Alemania. Sin duda has despertado en mi una curiosidad por descubrirte que creí que no tenía.

 

 

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poecraft dice:

    Que buena experiencia, y qué envidia te tengo. Te queda cerca, ojalá puedas conocer más de este país. No lo conozco pero llama mucho mi atención. Saludos.

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    1. ndenerea dice:

      Sí, la verdad es que dos horas de vuelo no son nada. Ojalá pueda seguir descubriéndolo. Un saludo y gracias por pasarte (:

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